Esta columna de opinión se publicó en Razón Pública el 20 de enero de 2019

Presentes

Los medios han especulado mucho acerca de la “presencia” de carteles mexicanos en Colombia. Pero “presencia” es una palabra muy vaga que puede referirse a:

  • Los “emisarios” mexicanos que comprueban la calidad de los embarques de cocaína
  • La compra de propiedades rurales para utilizarlas como rutas de tráfico
  • La financiación de grupos armados al margen de la ley

Al final, la palabra “presencia” no nos dice nada sobre los grupos criminales. Como anota el analista mexicano Alejandro Hope, “si presencia es todo, presencia es nada”. Cuando los términos no se usan con precisión, quedan por fuera “matices” que son esenciales. Y los ciudadanos nos quedamos con una imagen desproporcionada: como si las organizaciones fueran mucho más grandes de lo que son.

Tumaco es y ha sido un corredor fundamental para la exportación de drogas ilícitas. El ejemplo de este municipio nos permitirá poner en tela de juicio la magnitud e importancia de la reciente “presencia” de los carteles mexicanos en Colombia. El fin no es restarle importancia, sino apreciarlo en sus verdaderas dimensiones.

Nos proponemos demostrar, primero, que la conexión de los carteles mexicanos con los territorios de tránsito y producción de cocaína no es nueva; y segundo, que las organizaciones del narcotráfico mexicanas se adaptan al inestable contexto colombiano con el objetivo de garantizar las condiciones para sus negocios, y no para fortalecer a los grupos armados colombianos.

Tumaco: un caso viejo

No es nueva la conexión de Tumaco con la cadena transnacional del narcotráfico.

En 1987, el New York Times publicó una nota titulada “Los contrabandistas de la cocaína cambian a Houston” en la que afirmaba que el tráfico de cocaína estaba en manos de jóvenes colombianos de Buenaventura y Tumaco.

Durante la segunda mitad de los ochenta, los carteles colombianos pretendían controlar las redes de distribución en Estados Unidos. En un primer momento, los mexicanos fueron la “mano de obra”, pero luego se convirtieron en el canal que les facilitó el narcotráfico a las redes colombianas.

Durante la primera mitad de los noventa, Tumaco hizo parte de los territorios al mando de los hermanos Rodríguez Orejuela, los fundadores del Cartel de Cali. Desde entonces fue su corredor de insumos, armas y cocaína, así como una zona de retaguardia.

El Cartel de Cali estableció allí sitios de acopio a través de testaferros que amenazaban a los habitantes para que vendieran sus tierras. Desde 1998, Tumaco fue un municipio clave dentro del corredor del narcotráfico y ya desde entonces llamó la atención de las organizaciones mexicanas.

En la segunda mitad de los noventa, el Gobierno llevó a cabo operaciones antinarcóticos en Meta, Caquetá y especialmente Putumayo. En el marco del Plan Colombia, estas operaciones causaron un “efecto globo”: el número de cultivos de coca en Nariño aumentó. Pasaron de 776 hectáreas en 1999, a 5.065 en 2012.

En 1999, las FARC entraron pisando fuerte en Nariño. La bonanza cocalera atrajo colonos de distintos lugares del país. A finales de 2002 y comienzos de 2003, los grupos paramilitares, como el Bloque Libertadores del Sur (BCB), empezaron a incursionar en los cultivos de coca.

Después de un periodo de intensas disputas con las FARC, el BCB se desmovilizó y las disidencias organizaron varias facciones criminales. Un ejemplo fueron los Rastrojos, la organización narco-paramilitar que dominó hasta comienzos de 2012.

Desde 2013, las FARC se afirmaron como el actor dominante en Tumaco. Entretanto, en Estados Unidos, el mercado de la droga dejó de estar en manos de los carteles colombianos y pasó a manos de los mexicanos. Un informe de Wilson Center afirma que los narcotraficantes colombianos perdieron dos terceras partes de sus ingresos por kilogramo de cocaína.

Las agrupaciones mexicanas comenzaron a negociar y transportar la coca directamente desde Colombia. Y, desde luego, Tumaco fue un lugar estratégico para garantizar el suministro. Los narcotraficantes mexicanos establecieron vínculos comerciales con distintos grupos paramilitares y guerrilleros, y pagaban con armas el envío de cargamentos. Así se fortaleció la capacidad de los grupos al margen de la ley.

Lo nuevo

Las FARC se consolidaron como el grupo que controló Tumaco y reguló todos los eslabones del narcotráfico cuando se aliaron con el Cartel de Sinaloa.

Sin embargo, esto terminó con el Acuerdo de Paz y el desarme parcial de los frentes de las FARC, como la Columna Móvil Daniel Aldana, que dominaba la zona.

En medio del proceso de negociación hubo rupturas dentro de las FARC, de modo que en Tumaco se produjo un vacío de control. En ese momento entró en escena el Clan del Golfo y en este contexto nacieron grupos armados que no eran solamente disidentes de las FARC, sino también grupos criminales —que hacían las veces de milicias—, contratados para extorsionar.

El conflicto continuó con rupturas, pero también con continuidades. Los grupos con mayor poder y control territorial son el Frente Oliver Sinisterra (FOS) y las Guerrillas Unidas del Pacífico (GUP). Estas facciones lograron consolidar su presencia aprovechando el conocimiento que tenían de la zona, su relación con los campesinos cocaleros y los contactos con los narcotraficantes locales.

Los narcotraficantes locales han tenido un papel muy importante, pues financian grupos disidentes con el fin de mantener el negocio de la droga. Ellos son el eslabón que une a Tumaco con las organizaciones transnacionales (en particular, con el Cartel de Sinaloa).

Alias “Contador”, es un ejemplo ilustrativo. Este narcotraficante empezó financiando a la Gente del Orden, liderada por alias “Don Y”. Tras su muerte, se alió al tiempo con las GUP y con Guacho, principal líder del FOS.

Debido a la gran visibilidad que ganó “Guacho” tras el secuestro y asesinato de tres periodistas ecuatorianos, “Contador” se alejó de él y financió principalmente a las GUP. Actualmente, “Contador” se ha fortalecido y ha tomado el control de importantes zonas como Llorente y Guayacana, de antiguo control del FOS.

En Nariño, los carteles mexicanos trabajan indistintamente con todas las organizaciones. Sin embargo, lejos de tener presencia, control territorial e influencia directa sobre los grupos armados de la región, las facciones mexicanas envían pequeños grupos para cumplir un rol de intermediación con los narcotraficantes nacionales y los actores armados.

La interacción con el FOS y las GUP es transaccional. Más que financiar y fortalecer los grupos, los carteles mexicanos dan armas como pago por la seguridad y los cargamentos de droga. Asimismo, tratan de asegurar la calidad de la cocaína por medio del envío de agrónomos y químicos que vigilen el proceso de transformación.

El narcotráfico y los “factores de atracción”

Carlos Morselliy Federico Varese han estudiado por qué y cómo las agrupaciones criminales buscan extender su influencia y conexiones a nuevos territorios. Estos criminólogos encuentran que hay “factores de empuje” y “de atracción”.

Una pregunta relevante para entender la participación de las organizaciones mexicanas en Tumaco es cuáles son las fuerzas o factores que los atraen a este territorio. La lista es amplia:

  • La disponibilidad de materias primas (en este caso la coca)
  • La baja regulación de insumos claves para el procesamiento de drogas ilícitas
  • La disponibilidad de “mano de obra” para actividades criminales
  • La existencia de mercados ilegales en expansión
  • Las oportunidades de inversión en contextos de alta informalidad y bajo control del Estado
  • La existencia de fronteras porosas
  • La corrupción

Estas son las condiciones que permiten entender por qué desde finales de los ochenta los carteles mexicanos se conectaron con las organizaciones que operaban en este territorio. En lo sustancial, estos factores han tenido continuidad.

Quizás la mayor ruptura fue el reciente desarme parcial de las FARC y el surgimiento de múltiples grupos. Pero esta es solo una nueva fase que ha llevado a la adaptación de las organizaciones transnacionales, que ahora no tienen que arreglárselas solo con las FARC sino con capos locales y decenas de facciones armadas que trabajan para el mejor postor. Esa es su real dimensión.