La discusión alrededor de la cuota de comparendos impuesta presuntamente por la alcaldía de Bogotá a la Policía de Tránsito, la cual se denunció en días pasados, es solo el síntoma de una práctica que no es exclusiva de la Policía y se orienta a producir resultados que demuestren eficiencia, pero sin que se resuelvan los problemas.

Es frecuente encontrar que prima poner el OK en listas de actividades, aun cuando no haya beneficios reales de las acciones que se desarrollan y con ello dar un parte de misión cumplida. De ahí que el incidente entre la Policía y la Alcaldía ponga sobre la mesa la discusión sobre cómo medir los resultados de la Policía, qué es lo importante y qué lo accesorio en materia de seguridad ciudadana.

Durante los últimos cuatro años, la Policía ha venido implementado el Plan Cuadrantes, una estrategia que ha visibilizado a los policías de la vigilancia delimitando su zona de operación, asignando responsabilidades sobre esta y un número telefónico que le permita al ciudadano contactarlo. Además de atender los casos reportados por el radio, los policías deben hacer lo mismo con los problemas de convivencia y seguridad ciudadana que se presentan de modo frecuente en su jurisdicción o que se concentran es zonas específicas, para así prevenir y disuadir su ocurrencia. Esto implica anticiparse, lo que significa conocer en detalle su zona y las características específicas de los delitos como la hora y el lugar más probable donde pueden ocurrir o el tipo de víctima, para comprenderlos y controlarlos.

Esto que parece tan sencillo va más allá de la simple presencia policial y de que el ciudadano se sienta seguro porque ve pasar al policía. Ha implicado el desarrollo de capacidades técnicas, analíticas y gerenciales que permiten planear el trabajo de centenares de patrullas en el territorio nacional. Requiere el uso de métodos de análisis, herramientas técnicas, sistemas de información geográfica y manejo de datos que nutren estrategias que van desde la atención de una contravención, hasta el desmantelamiento del crimen organizado.

Además, muchos de los problemas de seguridad ciudadana están asociados con entornos deteriorados y con conductas ciudadanas que facilitan su ocurrencia, por lo que el trabajo articulado con alcaldías en materia de recuperación de estos espacios y cultura ciudadana y con los organismos jurisdiccionales para coordinar mejor su trabajo, es necesario para enfocarse en los problemas más críticos y trabajar unidos.

Este cambio de enfoque en la manera en que la Policía pretende atender la seguridad ciudadana, debería verse reflejado en mecanismos de evaluación que permitan incentivar el trabajo analítico, preventivo y de gestión, lo que a su vez mejoraría las condiciones de seguridad ciudadana. Una evaluación que acaba de terminar la Fundación Ideas para la Paz con el apoyo del BID en 10 Policías Metropolitanas, encontró que las estaciones de Policía que identifican los lugares precisos (calles o segmentos de calle), días y horas en los que ocurren los delitos y focalizan allí el patrullaje, logran reducir los homicidios en un 43% y el hurto a residencias en un 48%. En otras palabras, se encontró que planear el servicio de la calle mediante un patrullaje correctamente focalizado sí logra prevenir el delito.

Sin embargo, de manera generalizada, prima una cultura reactiva y orientada a la producción de resultados operativos individuales, en detrimento del trabajo planeado hacia la prevención y la focalización del servicio. Es el caso de la Policía, que se adaptó a las condiciones impuestas por el conflicto y el narcotráfico, concentrando sus capacidades de los últimos 50 años mucho más en la reacción y menos en la prevención y así se le ha evaluado. De ahí que a pesar de todos los avances, los indicadores de gestión más comunes para medir su efectividad continúan siendo las capturas, las incautaciones de droga y la cantidad de armas de fuego decomisadas, así como el número de comparendos.

Y no es que estos indicadores no sean pertinentes, lo que pasa es que no generan los incentivos necesarios para desarrollar otras actividades que puedan prevenir el delito o contribuir a solucionar problemas específicos. Y sí, por el contrario, reflejan una mayor vocación hacia lo que algunos denominan “resultados operativos”, como es el caso de los comparendos. Además de la precaria efectividad de los indicadores tradicionales de productividad policial, estos estimulan conductas indeseables que afectan la legitimidad de la Policía. Es muy diferente la motivación de los policías cuando se les imparte la orden de producir un número determinado de capturas o comparendos, que cuando se les ordena proteger a la ciudadanía o que con su presencia prevengan o disuadan una situación específica.

La cuestión es que los policías suelen cumplir las órdenes porque esa es la tendencia natural de la organización. De ahí que éstas deberían tener un propósito conectado con la expectativa y las necesidades del ciudadano y no con los indicadores de eficacia de las instituciones.

El reto de la Policía es impulsar el uso de los métodos de planeación del servicio de Policía como los establecidos en su doctrina de vigilancia por cuadrantes y cambiar los indicadores con los cuales hoy evalúa el desempeño de sus integrantes. Ello podría inducir a una mayor cooperación interna y a la articulación interinstitucional en función de la complejidad de los problemas de convivencia y seguridad y no a producir resultados operativos o “comparendos” en detrimento de abordar los problemas reales que viven los ciudadanos.